"A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto y de pronto, toda nuestra vida se concentra en un solo instante" (Oscar Wilde)
Algunos malos poetas y muchos ebrios doctos dicen que no es nada bueno abrir el arcón de la memoria. Lamento no saber en qué grupo insmicuirme. El curso de la vida siempre me pareció catastrófico, y su ritmo demasiado hilarante; pero no es una percepción que quiera cambiar: sólo quisiera no pulular en el mundo tanto como lo hago, y volver a aquellos años tan hermosos y ajenos a este tiempo demencial. Dejar de recopilar imágenes, vaciarme un poco la cabeza...Tan sólo eso.
Varias lunas junto con sus soles habían danzado por la pálida bóveda tras mi desmayo, y en ese momento pesaba sobre mí la tentación de huir a mi tierra lejana. Si no lo hice fue porque allí ya no estaban los de antes. Sólo diré que vagué entre recuerdos y pesadillas agridulces, encontrándome de vez en vez, en ese erial vasto e infinito que es mi memoria, alguna marisma de llanto y tristes sirenas que cantaban a la Luna azulada las penas de los estigmatizados.
Varias lunas junto con sus soles habían danzado por la pálida bóveda tras mi desmayo, y en ese momento pesaba sobre mí la tentación de huir a mi tierra lejana. Si no lo hice fue porque allí ya no estaban los de antes. Sólo diré que vagué entre recuerdos y pesadillas agridulces, encontrándome de vez en vez, en ese erial vasto e infinito que es mi memoria, alguna marisma de llanto y tristes sirenas que cantaban a la Luna azulada las penas de los estigmatizados.

Recordar ciertos acontecimientos fue un suplicio que no supe afrontar. Estaba demasiado débil como para intentarlo y, encima, lograrlo. Me ausentaba en mi propia presencia, me perdía en pensamientos, me escurría de las manos la razón...Desaparecía dentro de mis ojos. Creo ahora que debo haber sido un ente sin gracia para cualquier expectador ajeno a todo. No me fue fácil soltarme de las dulces redes de Érebo (después de todo, allí había sido creada, nacida y exiliada mi estirpe), pero algún día lo hice y atrevidamente enfrenté el reino de Hemera. Su destello se duplicó al chocar en mi piel, pero no me encegueció. Sé que caminé largas horas por bosques raquíticos y parques presuntuosos, pero no podría precisar si fui vista por los ojos humanos. Me sentía lánguida y desfalleciente a cada instante por lo que pensé en regresar a mi casa. Y así lo hice.
La puerta de oscuro roble, impuesta en la blanca pared, se hallaba cerrada, pero, extrañamente, sin llave. La empujé suavemente y entré con sigilo fantasmal. Me llamó la atención una vela sobre una mesada de cristal. Mejor dicho: no recordaba haber encendido una vela y haberla dejado allí, pero un aroma épico de hielo y hierbas vírgenes anuló cualquier posible cavilación en el momento. Sólo tuve que girar un poco mi cuello níveo para saber que había alguien sobre el sofá bermeyón. Sus ojos emitieron un destello rojizo al tiempo que mis músculos se tensaron, pero volvieron a relajarse cuando pronunció algunas palabras. Su ritmo oscuro y elegante me transportó a mi tierra, a mis padres, a mi hermano, a los míos, y a mi condena. Él notó la avalancha de recuerdos que se asomó por mis ojos, sonrió levemente.
-Si te alarmé, lo siento. Quiero agradecerte por no hacer caso omiso a mi pedido.
Callé de odio.
-Gracias, L...por no cerrar las puertas.
Callé de odio.
-Gracias, L...por no cerrar las puertas.
-El infierno siempre será una visión perpetua y un dolor constante, nuestra naturaleza siempre será el Caronte del barco y sólo las puertas del Valhala están vedadas para nosotros.-le dije con ira.
-No es el infierno quien acecha tras los goznes. Sino tú.La llama de la vela impactaba en su rostro alabastrino haciendo de sus ojos más oscuros que las profundidades del mar y de su piel, aún más blanca que las dunas bajo la sinuosa luz argenta de la Luna.
-Fiat ignem.-susurré recordando. Miré la llama danzarina y sulfurina de la vela casi extinta con curiosidad. Lo recordé: jugué con fuego todos aquellos días, ésa era mi última vela.
-Sí.-me contestó simplemente.Los muchos siglos pernoctados, insípidos e incoloros, se conjugaron con una intensidad salvaje y descarada en ese llano y simple monosílabo.
Y tuve que sentarme en el sofá bermeyón, para no reincidir en la inconsciencia.























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Delira conmigo o hazme creer que no estoy tan desquiciada.
Que sean buenas tus lunas.